Tejiendo emociones
En verano, cuando era una niña, el sonido de fondo de mis siestas estivales era, muchas veces, el repiqueteo metálico de las agujas de punto de mi abuela que se tejía jerséis con hilo acrílico de colores chillones. Aquel sonido acompasado y rítmico se convertía en una melodía casi hipnótica para mí que me transportaba en un santiamén a los brazos de Morfeo. Creo que nunca he vuelto a dormir tan bien como durante aquellas siestas. Al despertar, ella seguía ahí, escuchando la radio y tejiendo. La rapidez y sincronicidad con la que movía sus agujas, sus dedos y como el hilo fino iba pasando de una aguja a la otra y se iba transformando, como por arte de magia, en un tejido, me producía hasta vértigo.
Pese a su afición y sus jerséis, mi abuela nunca me enseñó a tejer ni tampoco recuerdo que nunca tejiera nada para mí. Hace unos años me regaló todas sus agujas de punto y de ganchillo junto a unos ovillos de perlé descoloridos por el paso del tiempo y un abecedario de punto de cruz bordado en hilo rojo que, su suegra, mi bisabuela paterna, bordó en el año 1914. Guardo todos estos objetos como un tesoro entrañable y valioso. Más que un recuerdo familiar, para mí forman parte de mi legado transgeneracional. Algunas de aquellas agujas están incluso algo dobladas de tanto usarlas, algunos ganchillos con la punta oxidada…me gusta imaginar a mi abuela, que dejó de hacer media hace muchos años, tejiendo en su casa y en silencio, su vida y sus sueños nunca cumplidos, a través de aquellas agujas e hilos.
Yo aprendí a tejer en el colegio a los 10 años. La austera y estricta señorita María, de quinto de EGB, nos dijo un día que nos enseñaría a hacer ganchillo. Cuando se lo dije a mi madre, creo que a priori no le hizo mucha gracia. Así como mi abuela tejía, mi madre forma parte de esa generación de mujeres que, en los años 70, no deseaban convertirse en el ama de casa que fueron sus madres. Lo que querían era trabajar, ser económicamente independientes, viajar y ver el mundo y el rol de las mujeres en él con una mente abierta, de progreso, de igualdad y de futuro.
Una buena amiga llama a esta generación “la de las manos perdidas”, pues muchas de ellas, si tejían o cosían, era por obligación. A muchas las obligaron a aprender “corte y confección” cuando igual lo que querían estudiar era algo bien diferente. Así que, en mi caso, como en muchas otras mujeres de mi edad, los ovillos y las agujas saltaron una generación.
Finalmente, rebuscando entre armarios, encontramos un pequeño ovillo de un fino hilo rojo y un diminuto ganchillo metálico de la marca Dama. Mi madre metió todo aquello en una gran caja redonda y metálica, de aquellas de galletas danesas de mantequilla que comprábamos en Andorra, y con eso me fui a clase a aprender ganchillo. Recuerdo que, durante el curso, logré tejer una pequeña muestra de puntos bajos, medios y altos que, en vez de estar recta, contenía demasiados meandros. Acostumbrada a sacar buenas notas en todas las asignaturas, parecía que eso del ganchillo se me resistía y no me salía lo perfecto que la señorita María y yo queríamos.
Pasé a sexto de EGB y, con el cambio de curso, la señorita María desapareció de mi vida y el ganchillo también. Aquella caja metálica con el ovillo de hilo rojo, el ganchillo Dama y la muestra torcida e imperfecta, quedaron en el olvido durante décadas. Estudié mi carrera de periodismo, me casé, me hipotequé, tuve a mi hija y, hace ahora 15 años, coincidiendo con un cambio laboral, aquel invisible hilo rojo reapareció en mi vida. A veces pienso que nunca se fue de ella pero, al ser invisible, estuve demasiados años sin verlo.
Paseando una tarde por Barcelona, algo llamó mi atención y me quedé parada durante minutos ante un escaparate de una tienda donde había un cactus tejido en ganchillo y pensé: “yo quiero aprender a hacer eso”. Así fue como me apunté a un taller de amigurumis. Descubrí que lo del ganchillo es como ir en bicicleta: una vez lo has aprendido ya no se te olvida por muchos años que pasen y simplemente se trata de recordar. Empecé a practicar mucho cada día y de forma muy autodidacta, recuperando técnicas y patrones, visitando muchos blogs de tejedoras inglesas y, poco a poco, me fui enganchando literalmente hasta empezar a diseñar mis propios proyectos y prendas.
Corría el año 2009 y el inicial auge de redes sociales como Facebook invitaba a crear una página para poner mis fotos de ganchillo. Decidí crear un alter ego. Influida por los verdes y bucólicos paisajes de mi amada campiña inglesa, la de Jane Austen, las hermanas Brontë y Virginia Woolf, con aquellos pueblecitos en los que parece que el tiempo se detuvo para siempre, con cafés donde te sirven un lemon pie delicioso y el mejor té inglés en tacitas de porcelana decoradas con flores, me imaginé a mí misma tejiendo y bordando con todas ellas siglos atrás y elegí “Lady Crochet” como heterónimo tejeril.
Creo que, desde entonces, he tejido casi a diario, aunque sea durante unos minutos. He tejido en casa, en el trabajo, en aviones, en barcos, en trenes, en autobuses, en el coche, en hospitales, en cafeterías, en pubs, en un banco en la calle, en el parque, en la playa, en la montaña, en hoteles…menos caminando creo que he tejido en todos sitios. Pese a los años, las horas, los ovillos y los cientos de objetos y prendas tejidos, sigo disfrutando y conectando con la magia de convertir, a través de mis manos, un hilo fino y aparentemente frágil en un tejido bello, sólido, fuerte, resistente y único.
Tejer es una forma de expresar mi creatividad, de conectar con mis emociones, de ir tejiendo el tapiz de mi vida y de mis sueños. Es una forma de anclarme al presente, al aquí y al ahora. De enraizarme. En cada proyecto tejido, siempre hay algo o mucho de mí misma…no podría ser de otra manera.
El hecho de convertir con tus manos un ovillo de hilo en un objeto bonito es algo mágico pero aún lo es más la experiencia de poder enseñar a otros a hacerlo. Lo mejor y más gratificante que me ha regalado el ganchillo es el hecho compartir lo que se con otras personas. Ver en los talleres como mis alumnas aprenden, disfrutan, conectan con su creatividad, en un espacio y un tiempo que es solo para ellas. Tejiendo emociones y una gran red de hilos entrelazados que nos sostienen y nos abrazan a todas. Hilos que entretejen nuestra sororidad y que nutren nuestra autoestima, nuestro poder creativo y nuestro bienestar emocional. Mi único objetivo es hacer que esas alumnas vuelvan a su casa después de clase un poco más felices y queriéndose un poco más.
Mi experiencia de 12 años organizando talleres y enseñando ganchillo me ha hecho llegar a la conclusión hace ya tiempo de que muchas alumnas no vienen solo a aprender sino a dejar fluir y compartir sus emociones, sentimientos y experiencias personales mientras tejen. La mayoría de ellas utiliza, sin saberlo, el ganchillo como una herramienta terapéutica para gestionar y superar situaciones de estrés, ansiedad, duelos, depresión…En 2015 publiqué un libro con 27 patrones de bolsos de ganchillo que dediqué a todas ellas con esta frase: “A todas las Penélopes que tejen y destejen esperando que llegue su momento”.
Hace años ofrecí un curso gratuito en la Casa Ronald MacDonald de Barcelona (donde acogen a familias con niños con cáncer mientras dura su tratamiento). A lo largo de una mañana, enseñé a las madres a tejer un gorro para sus hijos. Verlas durante unas horas reír, motivadas y felices de poder salir de su dura rutina diaria, de poder compartir un rato entre ovillos y ganchillos, y sentir su satisfacción al ser capaces de tejer un gorrito para sus hijos…ha sido una de las experiencias más intensas gratificantes que he vivido nunca.
Aquella experiencia me sirvió para confirmar el poder sanador de tejer. Empecé a investigar y di con un estudio y un par de libros sobre el tema editados en Inglaterra, país donde el tejer se utiliza incluso en hospitales como terapia complementaria para personas afectadas por depresión, Parkinson, Alzheimer, fibromialgia, adicciones, etc.
Dicho estudio revela que el movimiento rítmico de las agujas al tejer y el hecho de tejer de forma habitual durante al menos unos 20 minutos diarios puede llegar a bajar la tensión arterial, propiciar la liberación de serotonina (la hormona de la felicidad) en el cerebro y generar un estado de bienestar físico, emocional y mental. Tejer ejercita la creatividad, la concentración, la memoria, potencia la autoestima y la autoconfianza, nos ayuda a centrarnos en el momento presente y a gestionar mejor los pensamientos negativos. Propicia también la socialización en personas tímidas o con algún tipo de fobia social y es un buen antídoto contra la soledad en personas mayores.
La lectura de aquel estudio me volvió a conectar con la “nana de las dos agujas” de mi abuela que, sin ser consciente de ello, ya ejercía ese poder sanador sobre mí mientras dormía.
Gracias yaya por seguir cuidando de mí, en silencio, mientras tejías.





Que bonitoooooooooo